En Barcelona los ciclistas “incívicos” están en búsqueda y captura. Muchas bicicletas mal aparcadas (a una farola, un árbol, una valla, etc.), previo corte de los respectivas cadenas, ya han sido expropiadas y liberadas en algún paraíso de bicicletas sin dueños. ¡Viva el robo institucional! ¡Viva la Guardia Urbana! ¡Honores para los nuevo ladri di bicilette! Nada de excusas de mal pagadores estilo “donde tengo que aparcarla si el Ayuntamiento no pone sitios donde dejarlas?”! ¡Civismo por favor! Y es que... menos protestar y más trabajar: ¿o es que queréis ser terribles radicales antisistema?
Esta “caza de bicicletas” perpetrada por los cuerpos policiales ―¿por cuánto vendisteis las conciencias?- ha sido orquestada por el Ayuntamiento de “izquierdas” y “catalanista” de Barcelona. El Ayuntamiento invierte ―¡por nuestro bien, claro!- nuestro dinero en un “modelo Barcelona” que encubre mafiosamente las violencias inmobiliarias, urbanísticas y económicas que nos putean la vida, precio que los ciudadanos cívicos tienen que pagar cada día, invitación al régimen hipotecario, con el fin de lucir y vender a los guiris una Barcelona Neta, Moderna y Multicultural (evidentemente, cuando ellos dicen “Multicultural” piensan al ampliar el negocio empresarial del Foro de las Culturas por toda la ciudad: Barcelona de las Culturas ®). Se sabe que este modelo de ciudad es insostenible, y desde los barrios combativos ya se dice sin complejos institucionales que este imperialismo metropolitano ya no nos fastidiará más: su civismo se ha descubierto como el exceso neoburgués. Pero de momento, el Ayuntamiento, tan progresista y amante de las buenas maneras, en los últimos tiempos ha optado por derribar salvajemente, sin permiso de obras ni orden judicial, el centro social okupado de Miles ―acción de guerra a lo Chuck Norris de Delta Force-; por invitar a indigentes y pedigüeños al éxodo del centro comercial de la ciudad ―no se sabe si encontrarán la Tierra Prometida, pero, por favor, que no ensucien las calles del gran comercio... ¡civismo por favor!-; y también por legislar todo lo que se puede hacer y dejar de hacer en el espacio público ―os lo dice un delincuente que en una noche de bohemia e ilusión, por no darme a su razón y gracias a un magnífico dispositivo policial (del cual como vecino de Barcelona no puedo hacer otra cosa que sentir-me orgulloso), fui multado, registrado y amenazado para beber escandalosamente una cerveza en un banco de la Plaza del Sol-. La nueva “ordenanza de circulación de peatones y vehículos” es un paso más en esta política toca-cojones en la cual los que ahora están arriban juegan a pisar a los que estamos abajo, y ahora, además, lo dispone todo para que sea más fácil atropellarnos. Eso sí, siempre con una sonrisa, ecologista y de izquierdas “de debò”.
Nosotros podemos estar preocupados por el alquiler del piso, por el trabajo, por el sueldo, por los totalitarismos, fascismos y violencias de aquí y de allí, pero el Ayuntamiento, siempre tan próximo a nosotros, ha decidido que es el momento idóneo para golpear con mano dura a tanto ciclista anarquista e imponer más órdenes, sanciones y restricciones. El número de bicis ha aumentado tanto en pocos años que las calles eran okupadas de una forma intolerable; afortunadamente, este Ayuntamiento ha sabido decir “basta” a este caos circulatorio. Pero no como alguno ingenuo podría pensar, es decir, aumentando la red de carriles-bici, poniendo suficientes aparcamientos para las bicicletas y promoviendo el uso seguro de un medio de transporte sano, ecológico y económico, como es la bicicleta, sino, todo lo contrario, dictando una serie de situaciones que estrechan el cerco sobre los ciclistas. Resulta que el problema éramos nosotros y no nos habíamos percatado. Si antes ir en bici por la ciudad ya era una toma de principios en la cual arriesgabas tu seguridad, ahora será toda una temeridad que, además, si eres diestro y afortunado y consigues ir salvándote en cada trayecto, de preciosas multas podrás ser objeto. ¡Bienvenidos al paraíso! Siempre había escuchado que Barcelona es “bona si la bolsa sona”, pero no sabía que si no pagas tú, te lo cobran a multas.
Yo, de momento, no he salido con la bici desde que la nueva ordenanza está en vigor. La cifra de la multa podría ser mayor del que tengo a la cuenta corriente y corro peligro de electrocutarme. Hasta que no ponga en la bici luz y timbre, soy carne de multa, delincuente en potencia. También temo la “caza de bicicletas”. Sé que me investigan, quizás a estas alturas algún colaboracionista ya habrá cantado mi nombre y la Guardia Urbana espera un mínimo descuido mío para llevarle la mountain bike al Hereu. Tengo miedo. Ahora ya sólo lo utilizo para desplazarme por mi piso de 70 m² (¡compartidos con tres compañeros más al cubo!), y me estoy pensando en fijarle unos clavos y reconvertirla en bicicleta estática. Así, al menos le saco partido y me mantengo en forma. No os dejéis engañar: la “caza de bicicletas” es una estratagema que oculta la última batalla política, la lucha por la libertad de movimiento o el ordenamiento del Ayuntamiento. Esta “caza” no es mucha diferente a la “caza de brujas” maccarthista, y nosotros, jóvenes precarios, deportistas, ecologistas y altermundistes, volvemos a ser las brujas. ¿De qué serviría decir que Barcelona es una de las ciudades europeas con más contaminación y que este modelo de ciudad, tan obstinado al multar en los que menos tenemos ―¡money money!-, es insoportable? Si por ser brujas no nos hacen caso, mejor que cojamos nuestras bicicletas y volemos más allá de este orden urbanístico colapsado de coches, represiones y sanciones. No temamos las hogueras de su Inquisición. ¡Seamos bicivoladors y pedaleemos por lugares que todavía no son!